Las inundaciones en el desierto del Tar destrozaron las carreteras y caminos, desplazaron la arena de las dunas, conviertiendo los recorridos terrestres en un verdadero peligro y las rutas inpracticables.
Nuestro chófer Hanuman, siempre con la sonrisa en la boca, tenía que bajarse del coche constantemente para comprobar la profundidad de los charcos y decidir por qué ruta continuábamos el viaje.

